Platicando
con una pintora, me decía que Hidalgo tiene todos los tipos de pobrezas:
pobreza económica, pobreza cultural, pero sobre todo, pobreza de conciencia.
Una
ciudad sin árboles y sin cultura, es una ciudad sin vida. Pero para las
autoridades de obras públicas municipal y estatal,
su peor y acérrimo enemigo
son los árboles. En Guerrero, una de las calles de más ambiente popular, se
desató un nuevo frente contra el medio ambiente, sin que todos y nadie lo
viera.
La
banqueta de la calle de Guerrero, estaba salpicada de árboles, algunos pequeños
y otros, entraban a su madurez. La remodelación de las banquetas y el cambio de
cinta asfáltica, hizo que algunos o la mayoría, quedara con su raíz cubierta de
cemento. Pequeño detalle. Sería absurdo pensar que los albañiles supusieran que
estos árboles continuarán su vida normal con una plasta de cemento encima. No
se lo plantearon, no les pasó por la mente. Por eso los poetas llaman a los
árboles testigos mudos. Siempre pasan desapercibidos.
No
ha bastado el derrumbe de árboles por el Tuzobus y por la explanada
Bicentenario, ahora es la calle de Guerrero, después será la Plaza
Independencia donde está el Reloj Monumental, ¿y después?
La
explanada Bicentenario merece mención aparte. Ubicada frente a la colonia Venta
Prieta y a cinco años de su edificación, es un elefante blanco equiparable a la
Estela de Luz en la Ciudad de México, pues no representa ninguna aportación a
la ciudad de Pachuca, carece de significado, y como una constante de las obras
públicas, afectó al medio ambiente al acabar con decenas de árboles adultos que
había en ese lugar.
Esa
plancha de cemento, así como el monumento que alberga, llamado “Victoria del
viento”, no es más que una tomada de pelo para el pueblo hidalguense, una
leyenda sacada de la manga y una obra millonaria para que, pasados los años,
los pachuqueños recuerden quién fue el gobernador que construyó ese símbolo de
la ciudad.
Desde
siempre ha habido una especie de obsesión por la obra pública. Es algo que sin
duda todos los ciudadanos observarán prácticamente todos los días de su vida.
Cientos de carros pasan por ahí, algunos surcan esta plancha de cemento, las
más de las veces vacía. La gente no la siente propia. Sin vegetación ya, la
plancha de cemento es un lugar inhóspito, sobre todo a las dos o tres de la
tarde, cuando el Sol está en su apogeo.
Algunos
eventos han poblado el lugar, sobre todo eventos políticos. Desde luego, con
una carpa instalada, para que los funcionarios y el señor gobernador no sufran
de las inclemencias del Sol. Atónita, he escuchado decir que los árboles en la
ciudad solamente estorban, que no sirven para nada y que deberían desaparecer.
Pero el ser humano es el rey de lo absurdo y prefiere una sombra artificial a
la que generosamente le proporcionaban estos indeseables árboles.
Una
ciudad viva, donde todo lo que es verde se sabe aprovechar y donde casi
mágicamente la cultura se da por sí misma y no sólo en las artes, no es
casualidad. Hay que ver la cara de Pachuca para saber quiénes son sus
autoridades. “Por sus hechos os conoceréis”, dice la biblia.
Es
inútil esperar a que las autoridades tomen en cuenta la voz pública. Es hora de
que los ciudadanos le den voz a la ciudad, a lo que queda de la ciudad.
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